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sábado, 26 de junio de 2010

Permiso para disentir

Pilar Rahola*
Difícil artículo, no en vano remar contra corriente siempre comporta grandes riesgos. Y sin embargo, ¡qué necesidad de poner la postilla a tanta adulación acrítica, a tanta elevación a los altares, aunque el santo en cuestión fuera un descreído impenitente! Hablo de José Saramago, cuya muerte se ha parecido más a un duelo nacional que a la triste pérdida de un escritor. Por supuesto, se trataba de un gran escritor y personalmente llegué a amar tanto su obra que incluso recorrí los paisajes portugueses de su bella novela “Memorial del convento”. Sin embargo, con Saramago me pasó lo mismo que con Cela, que amé su literatura tanto como desprecié su pensamiento, en ambos casos porque cuando dichos escritores se calzaban las botas de pensadores no salían perlas de sus bocas. Cela era un machista maleducado, un grosero malhablado, un tipo desagradable y, sin embargo, “La familia de Pascual Duarte” es un monumento literario.
Y Saramago, cuyas formas eran educadas, estuvo toda su vida vinculado a los pensamientos más reaccionarios de la izquierda, hasta el punto de dar su apoyo a dictadores comunistas, a partidos como el PC portugués, que habitan ideológicamente en el jurásico inferior, y a todo quisque que machacara a los norteamericanos, hiciera populismo tercermundista y, por supuesto, hablara mal de los judíos. Si las ideas de Saramago hubieran triunfado, habríamos vuelto a los peores tiempos del estalinismo, porque este “lúcido pensador” –según la mayoría de las crónicas laudatorias de estos días– despreciaba la malvada democracia “burguesa” tanto como amaba la dictadura del proletariado.
Villatoro lo explicaba muy bien ayer en sus “Trossos” del “Avui”: “Muchos escritores se han fascinado por formas de pensamiento totalitario y nadie les discute que sean grandes escritores”. Pero no son buenos pensadores. La cuestión es preguntarse por qué Saramago, después de toda una vida defendiendo ideas extremas, mantuvo intacto su prestigio como intelectual “comprometido”. ¿Comprometido con qué? ¿Con algunas de las ideas que destruyeron el siglo XX? ¿Y si hubiera defendido al extremo de su propio extremo el fascismo? Entonces habría sido condenado al ostracismo, porque a la extrema derecha se le niega, por suerte, el pan y la sal.
Los intelectuales de extrema izquierda, en cambio, mantienen su prestigio ideológico intacto, incluso después de que su propia ideología haya fracasado. Disiento, pues, de tanto elogio desmesurado. Lamento la muerte del escritor cuyas novelas me han hecho gozar tanto. Pero nunca pensé que detrás del escritor hubiera un intelectual sino que había un viejo comunista aferrado a ideas sin futuro, tan obtuso en su pensamiento como sutil en su literatura. ¡Viva, pues, la buena literatura, la única que quedará (por suerte) tras la guillotina del tiempo!
*Escritora, periodista y política socialista española.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La moda del escupir

Dos circunstancias de ayer mismo animan este artículo. Por un lado, una amiga de formas educadas me explicaba que su hijo de 13 años había empezado a escupir. Como en su familia no existía tan soez gesto, la mujer interrogó al niño. "¿De dónde has sacado un hábito tan maleducado?". De dónde había de ser…: del fútbol.
Y así, todos sus esfuerzos por educar a su hijo dentro de las normas de la civilidad básica se habían ido al garete gracias a los ídolos de su equipo, cuyos escupitajos permanentes decoraban, semana tras semana, sus mejores jugadas. Si Piqué, Pedro y tutti quanti se entregaban a su alegre hábito ante millones de personas que los estaban venerando, ¿por qué no había de hacerlo un preadolescente que, configurando su personalidad, prefería parecerse antes a su ídolo que a su santa madre? Y ante la imposibilidad de tocar la pelota con la misma gracia, lo intentaba por la vía de lanzar gallos.
La mujer preguntaba qué debía hacer, y con su pregunta bailando en el rincón de los imposibles, me crucé por la calle con un señor de porte muy formal. Hablaba por el móvil y, en una de estas, soltó un tremendo gargajo que incluso rebotó como si tuviera muelle. Ni que decir tiene que esta escena se repite cada día con más frecuencia, en gentes de toda índole y condición, aunque mayoritariamente es una acción masculina. Y no creo que, en el caso del señor en cuestión, sea un simple mimetismo de los ídolos del fútbol. De anécdota en anécdota, pues, la categoría es la práctica cada día más frecuentada de uno de los gestos más sucios, soeces y primitivos que configuran los malos hábitos del ser civilizado. ¿Qué son las buenas maneras? Probablemente una vaselina para la convivencia, y quebrar esas normas básicas es tanto como retroceder en la condición humana.
El Maestro Kong, más conocido como Confucio, ya se preocupaba en el año 500 antes de Cristo de reflexionar sobre las buenas maneras y una de sus ideas refleja con precisión esta cuestión: "Donde hay educación, no hay distinción de clases", dijo Confucio, y la frase puede leerse a la inversa: donde no hay educación, tampoco no hay distinción de clases. Quizás la buena educación sólo es un intento permanente, y no siempre conseguido, de no ser maleducado, pero el valor está en el esfuerzo, en el intento de serlo. Y escupir en la calle, sin otro complejo que apuntar bien, es una sucia vulgaridad que dice más de un ser humano de lo que dice el resto de su personalidad. ¿Por qué retorna el hábito? Más allá de las respuestas a esta pregunta, algo está claro: los deportes de masas no ayudan a erradicarlo. Y entre gol y gol, la cantidad de escupitajos que sueltan es de proporciones cósmicas. Quizás tendría que hacer algo Guardiola, que gusta de los buenos hábitos. Sea como sea, por favor, ¡dejen de escupir en público! No sólo es sucio y vulgar. Es repugnante.

domingo, 18 de abril de 2010

"Ejércitos” de niños

Pilar Rahola*   
Cómo se parecen los fascistas, a lado y lado del espectro ideológico! En pleno debate sobre el franquismo, derivado de la delirante caza y captura de Baltasar Garzón, no resulta baladí recordar el Florido Pensil de las épocas del adoctrinamiento franquista, cuando el Cara al sol se amenizaba con las amenazas a los niños en sus despertares adolescentes, o con la enseñanza de la perfecta mujer sumisa de la Sección Femenina. Todos los fascismos tienen una obsesiva fijación en el dominio de las mentes, y todos especialmente en la formación de los niños. Fiel, pues, a su carrera hacia la autarquía de corte comunista, Hugo Chávez hace lo propio del fascismo de derechas, en su versión de izquierdas, y acaba de dar la orden de ampliar el programa de "guerrilla comunicacional" a los niños de primaria. Se trata de crear ejércitos de niños programados para difundir mensajes favorables al presidente y contrarrestar así "las mentiras de la prensa imperialista".
Por supuesto, los niños irán uniformados, y según la información de La Vanguardia, saldrán a la calle altavoz en boca y spray en mano para adoctrinar al pueblo confundido. "La guerrilla es una acto de liberación", ha dicho el ministro de Educación, Edgardo Ramírez, y a dicha liberación envía a niños de nueve o diez años. Y ha continuado: "Como la oligarquía venezolana tiene un modelo terrorista, como usa sus medios de comunicación para el terrorismo, para la intranquilidad y la fragmentación de los pueblos, tiene que existir la contraparte, que son las guerrillas comunicacionales".
Así, en un nuevo paso de su imparable asalto a la democracia, el chavismo va perdiendo la vergüenza a medida que va convirtiéndose en un régimen dictatorial. Es un comunismo de nuevo cuño, mezcla de retórica castrista de los 50 y populismo mediático del XXI, aliñado con una total falta de escrúpulos democráticos. Un desmantelamiento minucioso de la democracia, usando los mecanismos de la democracia. En el fondo, un golpe de Estado blando, quizá más lento que el militar, pero igualmente efectivo. Tampoco en ello es original, ya que el uso de la democracia para desmantelar la democracia fue un ejercicio muy popular entre los fascistas del siglo XX.
Niños... ¡Qué obsesión, la del fascismo con los niños! La idea de que los niños son robots cuya programación por parte del poder garantiza la estabilidad de un régimen es tan antigua como la maldad. Pero nunca ha resultado eficaz. Porque, por mucho adoctrinamiento, los regímenes dictatoriales no se aguantan por las ideas, sino por el uso del miedo. Tanto si cantaban el Cara al sol como si gritan "viva la revolución bolivariana", al final no queda nada si se abren las puertas de la libertad. No nos engañemos.
El chavismo no sólo es una delirante representación de humor político. Es, cada día más, el espectro de una dictadura encubierta.
*España.

jueves, 8 de abril de 2010

Se trata de Jerusalén

Pilar Rahola
La periodista Jana Beris comenta: "Que no me guste Netanyahu, a quien no he votado, no cambia la historia". Se refiere a la historia de Jerusalén, tan cercana y, por lo que parece leyendo la prensa, tan lejana. Ciertamente, cualquier tratado de historia obliga a recordar algunas cosas. Por ejemplo, que la tan manoseada resolución 181 de la ONU de 1947, que determinaba la partición de la llamada Palestina entre un "Estado judío y otro árabe", saltó por los aires cuando los árabes declararon la guerra contra Israel. Y con la guerra se cargaron el carácter internacional que Jerusalén tenía en ella.
Después vendría la toma de Jerusalén por parte de Jordania, el éxodo de todos los judíos de la parte antigua, la destrucción de las sinagogas, entre ellas la prestigiosa sinagoga Hurva, y la larga ocupación jordana de la única capital histórica, cultural, religiosa y social que han tenido nunca los judíos. El armisticio del 49 marcó la frontera de la Jerusalén ocupada y fue entonces cuando nació el concepto de "Jerusalén oriental", hasta entonces desconocido. A partir de la guerra del 67, los israelíes recuperaron la parte de Jerusalén ocupada por Jordania (cuya voluntad de dotar a Jerusalén de "capital palestina" brilló por su ausencia), y con ello cerraron la brutal herida que durante más de 17 años estuvo abierta en su mítica ciudad.
La Jerusalén actual, pues, no sólo es la plasmación de miles de años de historia, sino el resultado de las guerras que los árabes provocaron y perdieron. Lo que los árabes llaman, pues, la "ocupación" de Jerusalén, fue para los israelíes la "liberación" de su única capital.
Y, como recuerda Florentino Portero cuando publicó en GEES, "Netanyahu tiene razón cuando afirma que construir asentamientos ya existentes en el entorno inmediato de Jerusalén no es una provocación, ni una ilegalidad, porque esos enclaves son parte de Israel, de la misma forma que la antigua ciudad de Koënisberg, donde se escribieron algunas de las páginas más trascendentales del pensamiento alemán, es hoy la ciudad rusa de Kaliningrado. Los alemanes han asumido el coste de sus derrotas, y gracias a ello Europa se ha reconstruido. Los palestinos no y de ahí los problemas que padecemos". A pesar de ello, y a pesar de la unidad que existe en la población judía respecto a Jerusalén –recuerden la indestructible posición de Rabin al respecto–, Ehud Barak llegó a plantear en el 2000, en Camp David, el tema tabú de la división, por considerar un bien superior la posibilidad de un tratado de paz con los palestinos. Y Arafat, como siempre, dijo que no.
Después, llegaría la segunda intifada, el error más sangrante y destructivo de los muchos que acumula la causa palestina. Jerusalén, pues, no es una cuestión baladí, ni la obsesión fanática del duro Netanyahu, ni la enésima maldad de los israelíes. Es una cuestión fundamental del ser judío, ganado a pulso de luchas y tragedias, y cuyo estatus actual parte de las guerras vencidas por quienes no las provocaron. Si hablamos, pues, de Jerusalén, no lo hagamos sin leer historia.
¿Significa, todo ello, que es lícito crear nuevos asentamientos en Ramat Shlomo? Legal y lícito, sin duda, oportuno, puede que no. Pero ello no valida los argumentos que ahora esgrime la Administración Obama, deseosa de ganarse la simpatía del políticamente correcto, masivamente obsesionado con Israel. No deja de ser llamativo que Obama muestre una actitud tan rígida con Israel y a la vez estreche relaciones con gobiernos que destruyen todos los derechos fundamentales, o se disculpe con Gadafi porque alguien de su administración dijo que eso de llamar a la yihad contra Suiza no está bien.
¿Qué conseguirá Obama con su actitud? Crear una mayor sensación de soledad en Israel, aumentar la convicción de que el riesgo iraní se acrecienta, hundir aún más a la izquierda israelí y dar alas al extremismo palestino. Es decir, un diez en estrategia geopolítica... Jerusalén no es un cromo que Obama pueda esgrimir para hacer populismo. Si no lo sabe, Rahm Emmanuel debería explicárselo. Si lo sabe, es un irresponsable.

lunes, 5 de abril de 2010

Elogio de la lectura

Pilar Rahola, (España). 
La lectura es un ejercicio muy señor, que no ama los tiempos acelerados ni las cuitas nerviosas
Lo explicaba el poeta Joan Margarit como una de sus anécdotas en la Feria de Frankfurt. Recorriendo las instalaciones, se encontró con un puestecito donde reposaba, en alegre compañía de otros cachivaches, el tazón oficial de la feria. En el reverso, estaba grabado uno de los versos del poema La llibertat: "La llibertat és una llibreria". Busco y rememoro el famoso poema: "La llibertat és la raó de viure, / dèiem, somniadors, d'estudiants. / És la raó dels vells, matisem ara, / la seva única esperança escèptica"... Y continuaba hasta aterrizar en una de las expresiones más bellas que nadie ha escrito nunca, en homenaje a la lectura. ¡La libertad es una librería! Allí donde habitan los mundos imaginados, donde las crónicas de la historia se convierten en esculturas de palabras moldeadas por artistas, allí donde las emociones laten compartidas, allí donde las historias de los otros son nuestras historias, allí..., allí donde la palabra fluye sin miedos, allí ciertamente reside la libertad.
Por supuesto, puede haber repugnantes librerías, cuyos oscuros libros contienen el alma más negra de la humanidad. Recuerdo que en un paseíto por una feria del libro, en Santiago de Chile, me encontré, en feliz compañía, la Mafalda completa de Quino, y el Mein Kampf de Hitler. Interrogado el vendedor, me respondió sorprendido: "Todo es venta". Y, sin ir más lejos, Barcelona sufre la vergüenza permanente de la librería Europa, el foco más importante de venta de libros nazis de todo el continente.
Pero cuando hablamos de librerías, no hablamos de estos malolientes simulacros, cuyo papel escrito no es cultura, sino el vómito de lo peor de la humanidad. Una librería nunca puede ser la cueva donde el odio y la intolerancia se agazapan para atacar, porque el sentido de su existencia es el sentido de la civilización. Y en ese espacio abarrotado de universos simbólicos, la libertad arraiga y se expande.
Días de fiesta, días de libros. La lectura es un ejercicio muy señor, que no ama los tiempos acelerados, ni las cuitas nerviosas, ni tolera bien los excesos humanos. Amante apasionada de la soledad, la lectura requiere el espacio conquistado a uno mismo, y sólo triunfa allí donde triunfa nuestro propio tiempo. Pero cuando encuentra su momento, entonces reina más allá de todo placer. Libros para leer, amontonándose en los sofás de los días ganados, en las mesitas de las noches sin despertador, en las arenas de nuestros sueños con playa.
Libros que esconden vidas, emociones, paraísos perdidos, paraísos ganados... La libertad es una librería. Y un libro en las manos de alguien... "La llibertat és fer l´amor als parcs. / La llibertat és quan comença l´alba / en un dia de vaga general. / És morir lliure. Són les guerres mèdiques. / Les paraules República i Civil. / Un rei sortint en tren cap a l´exili. / La llibertat és una llibreria...". 

lunes, 15 de febrero de 2010

Un Mandela para la mujer



Pilar Rahola

Nelson Mandela es uno de los iconos de la libertad, uno de los grandes del siglo XX. Y, sin duda, verlo cumplir años con esa fuerza resulta un testimonio extraordinario de la vida, una suerte de extraña luz, como si la larga vida de los grandes héroes compensara un poco la corta vida que han tenido muchos inocentes.
Mandela es la memoria del siglo XX y su presencia nos recuerda las vilezas con que el siglo empezó, y algunas grandezas con las que supo acabar. Acompañado de otro grande del siglo, como Mahatma Gandhi, Mandela es la imagen de la resistencia pacífica y, a la vez, la madurez de un planeta que se plantó colectivamente ante el racismo institucionalizado, legalizado, y vomitó su desprecio. Ese siglo que, de la mano de otros grandes como Eleanor Roosevelt, supo crear una Liga de Naciones preñada de esperanzas de libertad, decidió que no podía permitir, en su interior, un país que segregaba a una parte de su población, la despreciaba, la condenaba al ostracismo y a la violencia, y todo ello lo hacía por el simple color de su piel.
El estómago del mundo, pues, no toleró más dolor, más odio y más violencia racial. ¿Se acabó el racismo con la desaparición de la Sudáfrica racista? Por supuesto que no. El racismo, como el resto de maldades intolerantes, continúa habitando en el alma negra de alguna gente, pero al menos ya no toleramos que eso imprima las leyes de un país legal, reconocido y mínimamente decente. Después de Mandela, es impensable otro país institucionalmente racista.
Siempre que pienso en ello, sin embargo, mi esperanza se torna un dulce amargo. Porque si el racismo ha desaparecido de las leyes, y no tiene cabida en el siglo XXI, otra forma de opresión brutal, violenta, bárbara, ha acaparado las leyes del mundo, ha crecido, se ha homologado en ese mismo paraguas de la Liga de Naciones y muestra su insolente, sucia y brutal cara, sin complejos y con total impunidad. Hoy no se puede segregar legalmente a un ser humano por ser negro.
Pero se puede segregar legalmente a un ser humano por haber nacido mujer. Y esta forma de violencia institucional, que llega a extremos tan execrables que ni el racismo los alcanzó, secuestra para la libertad y para la vida a millones de mujeres en el mundo. Si los negros de Sudáfrica fueron, durante décadas, los grandes parias del mundo, los olvidados de la ley, hoy son las mujeres de las dictaduras islámicas las grandes ninguneadas, despreciadas, esclavizadas, ignoradas. No nos importan porque los petrodólares de sus tiranos son más importantes que sus derechos, y por ello permitimos las Sudáfricas del islam.
¿Cuándo tendremos una Nelson Mandela de las mujeres esclavas? Difícil respuesta. Porque la cuestión no está en la sensibilidad por sus derechos. La cuestión, para desgracia de las mujeres, es que somos esclavos económicos de sus opresores.

viernes, 30 de octubre de 2009

Empanada de laicidad


Por Pilar Rahola

En mi agenda vital no tengo cita con Dios, quizás porqué amo mis dudas y mis miedos, pero en casa montamos un magnífico pesebre. Y, por supuesto, mis hijos, educados en una escuela laica, enraizada en la tradición del gran pedagogo Pere Vergés, conocen el simbolismo católico. Cantan villancicos, se divierten preparando los Pastorets, y saben que Montserrat es, para una mayoría de los catalanes, una montaña de intenso contenido sacro.

La nadala del Rabadà, cantada por los niños, es un momento álgido de nuestra Navidad familiar, que celebramos con dedicación. Nuestro comedor de casa convive, pues, en sana armonía entre una educación laica y una tradición católica, lo que somos y de donde venimos, y en la suma de la identidad milenaria que nos acoge, y los valores modernos que nos atañen, está la ecuación que nos define: laicos de cultura católica. Por supuesto, forma parte de esos valores respetar otras religiones y culturas. Pero hay una enorme diferencia entre dejarse seducir por mundos nuevos, y no saber de qué mundo venimos. Y si Catalunya tiene mil años, su tradición católica los acompaña.

Todo esto que he escrito no parece suficiente para algunos comisarios de la tontuna políticamente correcta. La nueva religión, impuesta a golpes de una alarmante empanada ideológica, quiere borrar de un plumazo la tradición de siglos e imponer un libro de estilo, cuyos parámetros no son ni históricos, ni identitarios, sino estrictamente ideológicos. Tenemos que ser multiculturales por decreto, no fuera caso que millones de personas vinculadas a una historia de siglos molestaran a los ciudadanos que vienen de fuera.

¿Que somos culturalmente católicos? Pues a borrarlo del mapa, para ser un poco musulmanes, judíos, budistas o seguidores de la bruja Lola y así, no siendo nada, somos de todo el mundo. La Arcadia feliz, en versión pijoprogre. O lo que es lo mismo, la desnaturalización de una cultura, por la vía de la imposición política. El último ejemplo de esta tendencia a capar nuestra identidad cultural lo ha protagonizado el Consell Escolar de Catalunya, que acaba de aprobar una propuesta para cambiar el nombre de las vacaciones de Semana Santa y Navidad, por las de invierno y primavera. Para ir haciendo boca, algunas escuelas públicas ya han eliminado los pesebres y Els pastorets, y no sé si hacen el Ramadán para acabar de ser solidarios.

En fin, he escrito a menudo que me preocupa el relativismo ético de nuestra sociedad. Y así es. Pero no sé si me preocupa aún más la tontuna ideológica. Porque entre los que "tanto me da", y los que me da tanto, que saco las tijeras, capo la cultura de siglos e impongo un paternalismo estúpido, vamos mal por ambos lados. Del tantsemfotisme, al pijoprogresismo, la pregunta es quién resulta más peligroso para una sociedad. Y la respuesta es fácil: ambos son igual de letales.