sábado, 3 de noviembre de 2018

Se fue una parte de la geografía de Santiago: murió Papilo

Por Pedro Arbona, en Nuevo Diario de Santiago del Estero.
“Papilo” fue un emblema de trabajo del Centro de Santiago, con su venta de revistas visitado por todo el mundo, en Libertad y Belgrano. 
Libertad casi Belgrano. Una voz estridente se apoya en la amplificación de un megáfono: “Diarios, revistas”... y; por qué no, la broma oportuna a algún transeúnte célebre.
Era “Papilo”, una postal típica del casco céntrico de ciudad Capital: canillita de alma, hincha del “ferroviario”, apasionado y con un corazón enorme que pocos conocieron porque se quedaron con el personaje que siempre llevaba un pañuelo al cuello; a veces sombrero, poncho y, otras, un clavel rojo en la oreja.
Desde tiempos imprecisos, el kiosco de Luis Oscar Torrijos fue el referente de expendio de diarios y revistas. Donde no “había”, siempre “Papilo” la tenía. Las revistas Gente, Caras, Pronto y Noticias traían a Santiago las noticias de la gran urbe.
“Diarios, revistas, doctor pague la cuenta que al fiao solo se corta ‘Papilo’” y ocurrencias hilarantes que jamás cayeron mal en el ánimo de sus destinatarios. Cuando adolescentes, si nos veía con uniforme en horario escolar, empuñaba la “bocina” delatora y nos gritaba “¡cuqueros, vuelvan al colegio!”, para la carcajada de todos.
El “canillita de canillitas” de Santiago del Estero hizo de su kiosco su hogar, acompañado siempre de sus hijos Fernando, Mariano y Juan, quienes actualmente se alternan para atender el negocio familiar. En total, tuvo siete hijos, de los cuales dos perdieron la vida trágicamente en accidentes.
Como extraído del tiempo, desde cuando los taxis eran negros con techo amarillo y la ciudad se vestía con tonos grises, “Papilo” fue el colorido personaje que le ganó al gran tipo que fue.
Indisimulable, casi parte del paisaje de una ciudad que creció cansinamente hasta pegar el gran salto después del año 2000.
Sentado en la esquina, “Papilo” promocionaba sus diarios y revistas por un megáfono, con el que también saludaba y bromeaba a su clientela.
Alguna vez contó que nunca le interesó la política, que regalaba alimentos a los vecinos de atrás del cementerio porque “se morían de hambre” y que dejaba diarios (muchos) sin costo alguno en el Penal de Varones y algunas veces en el de mujeres.
Quería que los presos tuvieran la oportunidad de estar informados y, por qué no, de aprender a leer.
Al Diego Alcorta (el “hospital de locos”) llegaba con chocolates, cigarrillos, galletitas y facturas todas las semanas. Conversaba animadamente con los enfermos y era querido por todos, como si en realidad entendiera el vuelo delirante de aquellos intercambios: les descubrió y arropó el alma, esa que a muchos les habían negado sus familiares en el abandono.
“Botellita” Valdez siempre lo acompañó y se podría decir -sin margen de error- que fue quien oficiaba de lector en el kiosco.
Detrás de la existencia de “Botellita” también se asoma el alma grande de Torrijos: lo puso a trabajar con él para sacarlo del alcoholismo. Dicen que lo logró con tenacidad: por las buenas y por las malas. Pero “Botellita” se recuperó.
Un día el megáfono desapareció de la tradicional esquina como desaparecen misteriosamente las cosas buenas que nos regala la vida. Y la ochava quedó sumida en el silencio y la tristeza.
“Papilo” se recluyó en su hogar, ya octogenario, y poco a poco se fue “apagando”, rodeado de sus más íntimos afectos. Con la sonrisa siempre en el ojal del alma de aquellos que transitaron por este mundo desperdigando bondad.
Se nos fue. A las siete menos cuarto. Estaba muy enfermo. En el instante en que partió al cielo de los grandes, la ciudad se cubrió de un cielo plomizo y comenzó a llorar. La persistente llovizna empapó de amargura el alma de todos quienes lo conocimos. Tenía 85 años.
Sus restos son velados en la tradicional cochería de avenida Pedro León Gallo hasta hoy, domingo, a las 9: Sobre su féretro, sus hijos depositaron el sombrero, poncho y clavel que lo estereotiparon en vida como aquel ser único que compartió con “nadies” y famosos su alegría de vivir y pasión por trabajar. Lo cierto es que ya nada volverá a ser lo mismo.
Si es verdad que hay algo más allá, seguramente Luis Oscar “Papilo” Torrijos, con un clavel en la oreja, estará mirando desde una nube la esquina de Libertad y Belgrano a la espera de que un rayo de sol, como por arte de magia, la ilumine un poco. Para que su ausencia no duela tanto. Porque aún sin verlo, él sabe que vivirá eternamente en la memoria de esta  “Madre de Ciudades” que tuvo el honor y el placer de contarlo entre sus ciudadanos más reconocidos del siglo pasado. Y, por qué no, de este.

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