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miércoles, 31 de marzo de 2010

Más corazón que odio

Carlos Salvador La Rosa* 
Raúl Ricardo Alfonsín.
En el primer aniversario del fallecimiento de Raúl Alfonsín, ex-presidente de los argentinos, vaya este recuerdo de lo mejor de su gobierno. Recuerdo urgido de necesidades presentes.
Cuando le tocó gobernar a Raúl Alfonsín, en la Argentina no pululaban fantasmas del pasado sino que el pasado fantasmal estaba vivo. Tampoco teníamos necesidad de inventar conflictos artificiales, ya que veníamos de enfrentamientos reales que nada indicaba como superados.
Incluso el carácter y las ideas del primer Presidente democrático no parecían muy apaciguadoras que digamos. Para llegar al gobierno nacional fue con el peronismo tanto o más duro de lo que el peronismo fue con él.
Parecía encarnar la vertiente más "gorilona" del radicalismo, esa que apenas toleró al Ricardo Balbín en su acercamiento al último Perón; esa que proponía volver a la "República perdida" cuando cayó Yrigoyen, con el propósito de borrar todo lo que ocurrió después, en particular el peronismo.
Además, el clima por abajo no aparecía mejor. Las multitudinarias juventudes radicales cantaban a viva y desafiante voz: "Perón, Evita, devuélvannos la guita". Y la respuesta de sus pares peronistas, tampoco nada escasos en número, retrucaba el odio manifiesto de ese cántico con otro de similar estilo: "Somos la rabia".
No obstante, al poco tiempo nomás se pudo ver que ese hombre enojón y peleador, estaba más dispuesto a sujetarse a la Constitución que levantó como programa de gobierno, que a las sanguíneas pasiones que lo hicieron llegar a la presidencia.
Y así, permitiendo que la democracia fluyera con su propia lógica, Raúl Alfonsín generó en el país de los argentinos  una profundísima revolución cultural, que es la que hoy rescatamos de su memoria. Es porque no queremos perderla nunca más, que hoy nos acordamos de lo mejor de Don Raúl y somos mucho más comprensivos con todo lo que se propuso y no logró hacer, con lo que le faltó y con lo que se equivocó.
Es que cuando el presente se hace urgente, siempre recurre a la historia para que ésta nos enseñe lo mejor de sí misma y para que impida que se repita lo que no debe repetirse jamás.
La revolución cultural que Alfonsín impulsó, contó con varios hitos fundamentales que hoy queremos rememorar.
La democracia de los derechos humanos. El primero y fundamental fue el juicio a los militares y la investigación que produjo el "Nunca más". Una valiente decisión, indispensable para comenzar a cambiar el país de los pactos corporativos por el de la legalidad. Por eso la política de derechos humanos de Alfonsín fue la imposición de la justicia en contra de la impunidad, pero también en contra de la venganza.
No fue, por ende, el gobierno quien juzgó los crímenes ni por sí ni por interpósita persona, sino que le abrió las puertas enteras a la justicia y a la sociedad para que por arriba funcionaran las instancias del juicio justo y por abajo la universalización de los derechos humanos. Con la aspiración de que un reclamo que al principio fuera de unos pocos, se transformara en un grito de todos.
Nunca se creyó Alfonsín -y jamás lo vendió así- ni el adalid, ni el inventor ni el conductor del juicio a los genocidas, sino que sólo hizo de su gobierno el garante para que la libertad y la justicia, en su pleno devenir, produjeran sus resultados por sí solos.
Fue así que hizo justicia con los derechos humanos, no política ni venganza. Pero lo hizo en un momento en que hacer justicia era más difícil y peligroso que hacer política o vengarse. No fue tibio, sino digno. No fue temerario, sino prudente. No fue cobarde, sino muy valiente pero nunca buscó con su decisión fomentar nuevos odios ni librar las luchas del presente con los viejos odios, sino cerrar las heridas del pasado con justicia y verdad.
La democracia de la paz. El segundo hito fue la paz con Chile, esencial no sólo para mejorar las relaciones con el país hermano sino también para eliminar definitivamente del país y el espíritu de los argentinos todo ánimo belicista.
La democracia renovada. El tercer hito fundamental de su Presidencia fue el de producir algo más importante que la renovación de su propio partido político. Porque  Alfonsín promovió -no por iniciativa directa sino por crear el clima propenso para ello- la más importante renovación política del peronismo en toda su historia. 

Raúl Alfonsín, el democrático

Miguel Brevetta Rodríguez
El presidente Alfonsín, en sus años jóvenes.
Hoy hace un año que dejó este mundo Don Raúl Alfonsín, un hombre puro de la democracia argentina, quien desde su más temprana juventud se aferró a un ideario que no permutó en ningún momento y que conservó encendido hasta el mismo día de su existencia terrena.
Su adiós profundo, fue un adiós  austero, callado, hasta diría que cansado de arduas explicaciones sobre las causas y razones de la entrega anticipada de su mandato. ¿A quién se le ocurriría  poner en tela de juicio el cómo, el cuándo y el porqué de los designios que el destino escoge para cada uno de nosotros y que debemos aceptar sin replicar?
 Lo cierto y evidente es que su deceso caló profundo en el sentimiento popular y  su ausencia nos dolió a todos, mucho más allá la noticia de su adiós.
Tras estos pocos lustros de democracia en consolidación, aprendimos a reconocer su trabajo y su fervor por la vida en democracia. Sus frases, las síntesis de sus discursos, su apego al ideario partidario, sus consignas y vaticinios esperanzadores, hoy se recuerdan como música en el tiempo en que los argentinos, volvíamos a transitar por el camino del derecho y de las garantías que nos brinda nuestra Constitución Nacional.
Había fervor en su oratoria y fuego en sus palabras.  El fue el presidente de todos, después del horror que arrancó en el 76. Él fue quien se acercó sin revanchismos, ni venganzas, el que hablaba de consolidar la democracia –cuando muchos pensábamos que ya no hacía falta- simplemente porque enemigo pequeño no se encuentra en la tierra.
Fue un eje fundamental para los partidos políticos, sin que le interesase nunca el caudal electoral que acompañó a cada libre expresión doctrinaria. Entendió que la democracia, necesita de más democracia y que las libertades, en especial las del pensamiento, no deben ser conculcadas sobre los intereses y conveniencias de los mandatos de turno.
Hoy, aquí y ahora, esa premisa está visible y latente entre los que sostenemos la vigencia del pluripartidismo como esencia de la democracia americana y somos conscientes que, quien lo sucedió en el poder lo primero que hizo fue suprimir los aportes partidarios, elementales para el manteniendo de los distritos provinciales, y ahora por medio de una ley votada contra reloj y a fuerza de un apriete inconcebible por parte de un gobierno que ya perdió su hegemonía, persigue el fin de las ideologías, con el pretexto de la conveniencia de un bipartidismo, ajeno y extraño a nuestra naturaleza política.
No fui su correligionario. Tampoco lo voté nunca. Es más, puedo decir que estoy lejos de su ideario radical, pero ello no justifica que deba omitir reconocer las virtudes del hombre público que nos gobernó en tiempos difíciles, ni que analice sus aciertos, como así  los errores que no pueden estar ausentes en la naturaleza y el obrar del hombre.
Cuando la balanza se inclina hacia el deber ser, todo se justifica y le asiste razón de existencia. Este tribuno, nos indicó un camino, como argentino bien intencionado. En fin, hace un año, nos dejó  un hombre de la arena política, al que supimos reconocer y respetar, antes y después de muerto.
Nobleza obliga este sencillo recordatorio -que muchas veces llega tarde-  pero que amerita los mismos sentimientos de agradecimiento y comprensión que nos inspiran, cuando recordamos a un hombre de bien.

viernes, 8 de mayo de 2009

Don Raúl unió a concejales capitalinos

En la última sesión del Concejo Deliberante de la ciudad Capital, un reconocimiento al ex presidente radical don Raúl Ricardo Alfonsín unió a todas las voluntades del cuerpo.

No hubo discusiones, sino alegados y adhesiones al proyecto del ingeniero Marcelo Lugones, que solicitaba el tratamiento sobre tablas la declaración de interés municipal el lanzamiento, por parte del Correo Oficial de la Argentina, de la estampilla postal conmemorativa al fallecimiento de Alfonsín.


Asistió a la sesión el presidente de la Asociación Numismática y Filatélica de Santiago del Estero, ingeniero Ricardo Varone, quien tuvo conceptos elogiosos para todos los concejales. Por supuesto, la iniciativa del concejal Lugones fue aprobada por unanimidad.

lunes, 6 de abril de 2009

Alfonsín y los políticos de otra época


(Revista On Line, del sitio web de San Pablo, Brasil)

En una Argentina convulsionada por otros problemas que no eran los de aquella época, se puede percibir, con mayor nitidez, la brecha que existe entre los gobernantes de ahora y los de antes. 
 
Las muestras de respeto y congoja por la figura de don Raúl Alfonsín, primer presidente de la Argentina tras el retorno de la democracia, ha ocupado, durante estos días, desde la vigilia de la gente para pedir por su recuperación, hasta que se supo de su deceso, las portadas de todos los medios. Un “aluvión de mensajes de amor y respeto”, como cita La Nación en uno de sus espacios, se adueñó de las páginas de los diarios y la pantalla de la televisión argentina. Los medios extranjeros se hicieron eco de la noticia, y, en diferentes lugares del planeta, se le rindió un homenaje. Es el último adiós a un demócrata, que inspiró a miles, desde la tribuna, con sus palabras brillantes. Pocos se animan hoy a recordarlo por sus debilidades, la mayoría resalta sus grandezas. 
 
El hecho histórico que vivimos nos hace advertir qué pocos han sido los ideales que se han conquistado desde 1983, y cuántos han ido quedando en el camino: el respeto hacia el adversario político, no la confrontación permanente; la honradez y la transparencia, no la corrupción. 
 
En los últimos años, y a causa del regreso de un discurso intolerante y el más cruel de la política, la figura del doctor Raúl Alfonsín comenzó a ser revindicada, y su gobierno, analizado. Tal vez, este funeral, para despedir a “Don Raúl”, haya puesto “como a la intemperie” la carencia de muchos políticos. Quizá sea la misma tristeza que, por estos días, se exteriorizó como impotencia, o como miedo… 
 
Con la muerte de este ex mandatario, el corazón se entristeció, pero pasivamente, sin furia. Como seguramente sí existió con los informes, recomendaciones y noticias, hasta el hartazgo, sobre el dengue. Muchos habremos despotricado cuando se nos pidió responsabilidad y que “tiremos el agüita del florero”, mientras recordábamos que casi un cuarto de la población argentina no tiene una red de agua potable, y más de la mitad no cuenta con desagües cloacales. De qué responsabilidad nos están hablando, cuando el mismo gobierno, a sabiendas de esta situación, no multiplica esfuerzos para revertirla, sino por el contrario, resulta ser que las provincias más empobrecidas y con mayor mortalidad son las menos beneficiadas, a la hora de invertir para extender la provisión de estos servicios elementales. Será por eso que aún resuena, en nuestros oídos, la palabra de Alfonsín, recordándonos que el Preámbulo de nuestro querido país nos indica que los gobernantes deben… “promover el bienestar general”, entre otras tantas cosas.
 
O la impotencia que sentimos al enterarnos de que un hombre tomó la decisión de encadenarse para pedir celeridad en la justicia. Cómo es posible que Fabián Herrera, el papá de Sofía, necesite recurrir a un “toque mediático” para reclamar que le den una solución a su asfixiante situación: Su hija permanece desaparecida desde hace seis meses, y, en un grito desesperado, suplica “hagan algo”.
 
El acceso a la justicia es un derecho humano, aunque parezca una obviedad el repetirlo. Es que, en realidad, lo que debiera ser una obviedad es algo inaccesible para la mayoría de la sociedad argentina. Es lenta, ineficiente y cara, y muchas veces, llega tarde.
 
La gente muere, día a día, a manos de delincuentes, los precios avanzan a pasos agigantados, el Indec continúa con la mentira, la educación se cae a pedazos y la salud también, y se sigue tejiendo  contubernios en la Legislatura, a fin de “salvar lo que más se pueda” con el adelantamiento de las elecciones.  
 
Ésta es la Argentina de hoy, la que debemos mantener en pie, la que necesita dosis de esperanza y de valores para que podamos escuchar, algún día, repetir nuevamente que el legado de nuestro ex presidente se cumplió: “con la democracia no sólo se vota: con la democracia, se come, se cura y se educa”.  

viernes, 3 de abril de 2009

Antónimos



Por Pedro Arbona

"Porque la peor tiranía es la de la palabra"
A don Raúl Alfonsín, que nos devolvió intactas las definiciones de la infancia 
"In Memoriam".

En tiempos de mi niñez, las cosas tenían otro significado. Aquellas primeras definiciones, estoy seguro, son definitivas e inapelables. Aunque viva en un país maniático de las deformaciones lingüísticas y abarrotado de eufemismos. Soy, como muchos, hijo de una generación masacrada. En la década de los ‘70, la Argentina fue el reino del revés, espacio doliente de la memoria en el que se utilizaban los mismos términos de la pequeñez, pero en distintas circunstancias. Podría decir que por entonces el idioma de la inocencia conjugaba los mismos términos que los de la adultez, pero como antónimos inexcusables.

Compañeros eran los del grado, a quienes también nos comprendía la definición de uniformados. Los delantales blancos eran todos de la misma marca y confección. Nos igualaban sorteando bajo su tutela las diferencias abismales que existían entre quienes usábamos camisas de manufactura casera y aquellos que podían conseguir las afamadas Levis Strauss & CO, exclusivísimas, carísimas y de alta moda.

No había diferencias de clase, salvo después del segundo recreo cuando la señorita de matemáticas insistía en que aprendiéramos las malditas divisiones sin resta; los problemas se limitaban a calcular cuántos litros de agua entran en tres tinajas de doscientos litros y los próceres eran de bronce. En aquellos tiempos era posible treparse a ellos en cualquier plaza y jinetear sus caballos ante la mirada cómplice de nuestros padres, aunque bajáramos de la esporádica aventura con los pantalones llenos de mierda de paloma.

Los milicos espantaban malones de indios malos, en blanco y negro, cada vez que el cabo Sabino emergía de las páginas de la hoy desaparecida revista D’ Artagnan; casi siempre por la tarde y entre el melcoche de la mermelada de durazno de nuestra merienda. Eran bravos pero buenos. Valientes. Siempre cuidaban el fortín de los desmanes de los forajidos con taparrabos. ¿Alguien guardó algún ejemplar de aquel compendio de sanas ilusiones? ¿Murió Sabino o está jubilado y en el destierro?

Los “grupos de tareas” eran algo serio y comprometían nuestro futuro inmediato. Había que saber elegir entre los compañeros para salir airosos en los trabajos prácticos de la escuela. No más de cuatro o cinco. Cobijar al grupo en la casa familiar era una ventaja: uno podía hacerse el zonzo por el mero hecho de ser anfitrión. Perdí la cuenta de cuantos exámenes aprobé con el esfuerzo de aquellos que caían rendidos al tentador aroma de las tostadas con manteca y “Kero” que preparaba mi madre. Yo servía la merienda y merendaba. Ellos olían y estudiaban. Comían y estudiaban. Y rendían. Y aprobábamos. Pocos eran por entonces los logros individuales. Una vez, cada bimestre, rendíamos pruebas de evaluación en soledad. El resto del año, una vez por semana, nuestras maestras nos incentivaban a conformar “grupos de tareas” para ser más compañeros, más iguales; más allá del uniforme. Aquel guardapolvo, la Aurora, el Himno Nacional, la escarapela, la Bandera, la marcha de San Lorenzo, y el escudo eran los íconos de nuestra semejanza y el sentido primigenio de nuestras obligaciones. Y nada más.

La Junta, era la primera. Aquella que había sobrevivido en las amarillentas fotos del Kapeluz Ilustrado de quinto como un primer indicio de la patria, antes del 25 de Mayo de 1810.

Los comunicados eran breves epístolas en un cuadernito marca “Gloria” (de tapa blanda color naranja) en el que se le informaba a nuestro tutor de nuestras indisciplinas. Eran, además, la premonición de una inminente paliza rectificadora. Lo peor era el encierro y consistía en no salir a jugar aún a pesar de haber cumplido con mis obligaciones. Debía subsistir confinado en un cicatero mundo -por un tiempo determinado siempre por la autoridad paterna- delimitado por el dormitorio, el comedor, el baño, la puerta de casa y la escuela. Cuanto más severa era la inconducta, más grave la sentencia. Así aprendí que las únicas leyes inexorables, verticales, inapelables y justas son las de la familia.

Las armas que conocíamos eran el rifle justiciero del “Llanero Solitario”, el hacha de “Nippur” (que vivía en un lugar llamado Lagash) y la espada de “El Zorro”, cuando los delicados bigotes de Diego De La Vega aún arrancaban suspiros entre las matronas de la cuadra. Las bombas eran propiedad exclusiva de la “Hormiga Atómica” y Superman era el único capaz de emprender -malherido por los villanos- un “vuelo de la muerte” en procura de Kriptonita. Andaba por allí también un tal “Don Quijote de La Mancha” enfrentando molinos de viento con una lanza, pero no le dábamos mayor importancia.

La muerte era inasible. Era un gorrión desplumado en el piso con las patitas encogidas o un perro muerto al borde de alguna alcantarilla. Un asunto ajeno, que aún maloliente, debían resolver los demás. La muerte era un tufillo, una imagen pasajera: al día siguiente ya no estaba ni el perro ni el gorrión. La muerte viajaba en un camión recolector de basura.

Había soldados. De pie empuñando un fusil o de rodillas apuntando a alguien indeterminado. Los había azules, verdes y marrones. Y eran todos de plástico. Recuerdo que los coleccionaba con pasión y formaba mi ejército con tanquecitos, catapultas y trincheras de plastilina. La meta era no sólo juntar muchos. No. Tenían que tener el mismo matiz y había que darles la autoridad que cada cual merecía. Por capricho o imaginería, cualquiera podía ser capitán. Total, el general era yo. Las batallas se organizaban en las veredas, a dos metros de distancia entre bando y bando. Las bolitas oficiaban de municiones (sólo las japonesas porque las lecheras, blancas y generosas, estaban para otros desafíos) y en cada asalto me hacía cargo de las pérdidas y festejaba las victorias. Mis prisioneros y los ajenos sólo eran recuperables mediante el trueque o el desquite. Para ello había que ahorrar los centavos malgastados muchas veces en chicles “Bazooka” o caramelos “Media Hora”, que tenían gusto a anís. El sacrificio valía la pena: la derrota sabía amarga.

Había zurdos. Seguro que los había. Eran aquellos diferentes de nosotros. Escribían con la mano izquierda y agarraban el tenedor con la derecha. Un buen tiempo estuve seguro de que no eran normales. No podían obrar como yo. ¿No es cierto que se utiliza la mano derecha para empuñar el lápiz y la izquierda para asir el tenedor? Me costó comprenderlos hasta que me di cuenta que yo no podía escribir ni comer como ellos. Y entonces, aunque distintos, fuimos iguales.

No había mayor satisfacción que jugar a la “pisadita” para elegir el equipo de fútbol y ganar la mejor escuadra, aún a pesar de los caprichos del dueño de la pelota. En una canchita de tierra, sin mayores demarcaciones que los alambrados o medianeras de los vecinos, y con arcos hechos de pilitas de ladrillos jugamos muchos mundiales. Más emocionantes que el del ´78. 

Y aunque no había tribunas, nosotros éramos nuestra más apasionada hinchada. Tampoco existía la figura del referí. Moderábamos el partido en base a reglas de honor preestablecidas que pocos se animaban a quebrantar. Las infracciones se resolvían ante el reclamo del contrincante y una falta intencional bien podía ser el punto final a una amistad de años. Ni qué hablar de un gol en contra o de un penal errado. Los descamisados eran los que estaban desde la imaginaria mitad de la cancha para allá. De este lado, de la supuesta mitad para aquí, jugábamos con la camiseta blanca de la clase de gimnasia, antes de pasar por el lavarropas. Tenerla limpia significaba resignarse a jugar “en cueros”. Los de la mitad para allá eran más inteligentes: No arriesgaban la parada. Jugar en camiseta era avizorar el castigo materno por haberla embarrado antes de usarla en la escuela. 

En el ‘70 los pocos artefactos domésticos para el lavado de prendas no eran automáticos, no había jabones en polvo con propiedades milagrosas anti manchas ni, mucho menos, seca ropas. Las ropas se exponían para su secado a los caprichos climáticos colgadas en la soga y sostenidas por broches de madera. Lo de los broches era todo un tema. Funcionaban con unos alambres de metal que con el tiempo se oxidaban y generaban una tragedia familiar: aún recuerdo las maldiciones de mi madre cuando algunos de ellos manchaban ropa blanca con restos de herrumbre.
 
Los desaparecidos generalmente abandonaban el juego de la “escondida” antes de su finalización. Eran algo así como desertores que, en silencio y para no ser descubiertos nuevamente, aprovechaban el conteo hasta “100” del ocasional esclavo de la piedra para volver a sus casas sin previo aviso. Nos cansábamos de buscarlos y casi siempre terminábamos el retozo preocupados. Hay sitios en los que esconderse es arriesgado. Buscábamos la oscuridad, los umbrales de vecinos iracundos y las malezas de jardines descuidados. A pesar de los perros, los pozos traicioneros y los baldíos atestados de escombros, no se bien por qué, elegíamos escondernos en soledad sin delatar jamás el lugar geográfico de nuestra ocultes. Y en aquella cábala secreta residía el peligro: ¿Cómo encontrar a quien desapareció sin siquiera intuir adonde fue? A Dios gracias las ausencias duraban poco. A la mañana siguiente condenábamos al reaparecido a ser el primer esclavo del próximo conteo.

La picana era un manjar. Cada domingo acompañaba temprano a mi padre a la carnicería. De él aprendí que la picana es más blanda que el vacío. Una exquisitez desconocida por la mayoría de los asadores. Conocer por entonces los misterios de aquel corte de carne vacuno era un privilegio. Casi un honor.

Recuerdo nítidamente los fusilamientos. Aquellos en los que me regocijé con el dolor del perdidoso y los otros, en los que sentí el rigor de la pelota de media rellena con arena y mojada en los charcos de la calle. En eso consistía el “Alto ahí”. En arrojar la pelota al aire con fuerza mientras otros escapan del radio de tiro del lanzador. 

Una vez recuperada, éste gritaba “Alto ahí” y los prófugos debían inmovilizarse en el lugar donde los había sorprendido la orden. Con cálculo misilístico, el lanzador arrojaba la pelota contra la humanidad del más cercano y, en caso de acertarle, tenía derecho al fusilamiento. Este acto consistía en poner de espaldas contra una tapia al jugador “cazado” para luego arrojarle violentamente, y durante tres veces consecutivas, la pelota contra el cuerpo a unos pocos metros de distancia. 
 
El padecimiento era cruel, pero equitativo. Había revancha. Pasar por el paredón otorgaba el privilegio de ser el próximo lanzador. De víctima a verdugo. Y así sucesivamente. Era la síntesis de la violencia que casi siempre terminaba a las trompadas rompiendo el equilibrio: ganaban los más avezados en pugilato. Por las buenas o por las malas.

Nos hablaban de la Patria y no entendíamos muy bien cómo definirla. Al fin y al cabo, la patria era eso. Ser argentino era eso. Eran los compañeros, los grupos de tareas, los milicos, la junta, los comunicados, los zurdos, los descamisados, los desaparecidos, los “vuelos de la muerte”, el “Alto ahí”, el paredón, la picana y los fusilamientos.

Más de treinta años después del golpe militar de 1976 duele redescubrir que aquella generación utilizó nuestros mismos conceptos para definir otras actividades que involucraron el marco conceptual de una guerra fratricida. Hoy sé que nos robaron la infancia y el futuro en el extravío sustancial de nuestras ideas. Hoy sé que nada de aquello en lo que estaba convencido fue como creía. O, en todo caso, misteriosamente fue también otras cosas. No concibo el hecho de poder vivir en paz con la plena conciencia de que treinta mil desaparecidos no van a volver a casa. Y esa ausencia enorme, sin mayores explicaciones, es el abismo estructural que nos destaja como Nación. 

No podrá haber una Argentina en armonía hasta que la certeza conquiste a la cobardía de no reconocer que alguna vez en este país existió un Estado homicida. Aquel que, con el pretexto de la “Reorganización Nacional”, degeneró nuestros más puros infantilismos para sustanciar un macabro plan de extermino generacional allá en 1976; cuando nuestros juegos, fueron sus fuegos.

¡Cómo decirle adíos, don Raúl!


Por Víctor Daniel Nazar, abogado penalista

Cuesta mucho entender el sentido de la vida; pero mucho más nos cuesta comprender como destino a la muerte.
 
Con su muerte hoy se marchita don Raúl; un pedazo de vida en cada argentino. Porque él, casi sin quererlo, fue parte nuestras vidas.

Muchos tuvimos la suerte de conocerlo en nuestra juventud, otros lo acompañaron por la vida. Nuestros hijos y nietos, téngalo por seguro, sabrán de usted por nuestra memoria.
 
Memoria en la que siempre retumbará en interminable eco  el Preámbulo de la Constitución Nacional, cuyo significado y filosofía usted pregonó como modo, estilo y objetivo de vida para los argentinos. Así lo entendieron los intelectuales y hasta el más humilde de los compatriotas.
 
Un país todo está de duelo, y ello debe engrandecer su memoria. 
 
Usted, don Raúl, no  fue patrimonio de sector político alguno. Hoy, todo un pueblo, sin banderías políticas (como le gustaba decir), nos encuentra (como siempre quiso), nuevamente unidos pero con profundo dolor. Es que estamos despidiendo a un gran argentino.
 
Su vida será juzgada por la historia en lo polito y en lo personal.

Téngase por seguro que está absuelto como buen cristiano de todo pecado terrenal, y no habrá mármol o bronce alguno que sintetice su grandeza personal.
 
Pocos fueron los hombres que arrancaron lágrimas al pueblo. Usted es uno de esos  privilegiados.
 
Dios quiso llevarlo a su gloria celestial, donde estará junto a don Hipólito Yrigoyen y a don Arturo Illia; privilegio reservado sólo a hombres honestos, probos y de fuerte integridad moral. Quienes, por desgracia, son la excepción de una clase política en extinción.

“Fue un icono de la política”


Por el doctor Francisco Eduardo Viano, médico cardiólogo

Con el fallecimiento del doctor Raúl Alfonsín, nuestro país pierde a un gran demócrata y a un verdadero estadista que terminó erigiéndose en un icono de la política nacional e, inclusive, mundial. Perdemos a un hombre de firmes convicciones y a la vez respetuoso de las ideas de sus opositores y adversarios políticos. Fue un ejemplo de austeridad y sencillez, con trato cordial.

Por todas esas virtudes, don Raúl jerarquizó la investidura presidencial. A mi entender, fue un auténtico docente de civismo. Una figura emblemática de la educación e instrucción cívica, de la que aún tanto nos falta aprender. Terminado su mandato en la Presidencia no incrementó su patrimonio personal; rasgo  que marcará diferencias significativas con quienes lo sucedieron. 

Leamos y recordemos su primer discurso: don Raúl Alfonsín cumplió con su palabra


Se dice que “nadie resiste un archivo”, porque allí saltan sus contradicciones. Es una suerte de latiguillo con el que se pretende poner en apuros a los políticos. Pero, como en toda regla, está la excepción. En la Argentina de los políticos, la excepción fue don Raúl Ricardo Alfonsín.

Fijémonos lo que expresó el 10 de diciembre de 1983, en su primer discurso como Presidente de la Nación ante el pueblo del país y frente a la asamblea legislativa, en el Congreso Nacional. No nos mintió.

Don Raúl, dijo a modo de preámbulo:

“Venimos a exponer a vuestra honorabilidad cuáles son los principales objetivos del gobierno en los diversos terrenos en que debe actuar: la política nacional e internacional, la defensa, la economía, las relaciones laborales, la educación, la salud pública, la justicia, las obras de infraestructura, los servicios públicos y todas las otras cuestiones que reclaman la atención del pueblo, de los gobernantes y de los legisladores.

“Pero queremos decir, también, que entre todas las áreas habrá un enlace profundo y fundamental: que una savia común alimentará la vida de cada uno de los actos del gobierno democrático que hoy se inicia: la rectitud de los procedimientos.

“Hay muchos problemas que no podrán solucionarse de inmediato, pero hoy ha terminado la inmoralidad pública.

“Vamos a hacer un gobierno decente.

“Ayer pudo existir un país desesperanzado, lúgubre y descreído: hoy convocamos a los argentinos, no solamente en nombre de la legitimidad de origen del gobierno democrático, sino también del sentimiento ético que sostiene a esa legitimidad.

“Ese sentimiento ético constituye uno de los más nobles movimientos del alma. Aún el objetivo de construir la unión nacional debe ser cabalmente interpretado a través de la ética.

“Ese sentimiento ético, que acompañó a la lucha de millones de argentinos que combatieron por la libertad y la justicia, quiere decir, también, que el fin jamás justifica los medios.

“Quienes piensan que el fin justifica los medios suponen que un futuro maravilloso borrará las culpas provenientes de las claudicaciones éticas y de los crímenes. La justificación de los medios en función de los fines implica admitir la propia corrupción, pero, sobre todo, implica admitir que se puede dañar a otros seres humanos, que se puede someter al hambre a otros seres humanos, que se puede exterminar a otros seres humanos, con la ilusión de que ese precio terrible permitirá algún día vivir mejor a otras generaciones. Toda esa lógica de los pragmáticos cínicos remite siempre a un porvenir lejano.

“Pero nuestro compromiso está aquí, y es básicamente un compromiso con nuestros contemporáneos, a quienes no tenemos derecho alguno de sacrificar en función de hipotéticos triunfos que se verán en otros siglos.

“Nosotros vamos a trabajar para el futuro. La democracia trabaja para el futuro, pero para un futuro tangible. Si se trabaja para un futuro tangible se establece una correlación positiva entre el fin y los medios. Ni se puede gobernar sin memoria, ni se puede gobernar sin la capacidad de prever, pero prever para un tiempo comprensible y no para un futuro indeterminado. Los totalitarios piensan en términos de milenios y eso les sirve para erradicar las esperanzas de vida libre entre los seres humanos concretos y cercanos. Los problemas que debemos prever son, a lo sumo, los de las siguientes dos generaciones.

“Como dijo Juan XXIII, más allá de eso no hay conclusiones seguras y los datos son demasiado inciertos u oscilantes, lo que puede justificar la investigación, pero no la acción política.

“Si separamos a la política de su arraigo en el tiempo, impedimos que lleguen a la política los ecos del dolor humano. Ni la crueldad actual, ni la inmoralidad actual, ni la claudicación actual, garantizan un futuro feliz.

“La justificación de los medios por el fin constituye la apuesta demencial de muchos déspotas e implica el abandono de la ética política.

“Mediremos, en consecuencia, nuestros actos para no dañar a nuestros contemporáneos en nombre de un futuro lejano. Pero nos empeñaremos, al mismo tiempo, en la lucha por la conquista del futuro previsible, porque negarnos a luchar por mejorar las condiciones en que viven los hombres, y por mejorar a los hombres mismos, en términos previsibles, sería hundirnos en la ciénaga del conformismo. Y toda inacción en política, como dijo el actual pontífice, sólo puede desarrollarse sobre el fondo de un gigantesco remordimiento. La acción, ya sabemos, no llevará a la perfección: La democracia es el único sistema que sabe de sus imperfecciones.

“Pero nosotros daremos de nuevo a la política la dimensión humana que está en las raíces de nuestro pensamiento. 

“Vamos a luchar por un Estado independiente. Hemos dicho que esto significa que el Estado no puede subordinarse a poderes extranjeros, no puede subordinarse a los grupos financieros internacionales, pero que tampoco puede subordinarse a los privilegiados locales. La propiedad privada cumple un papel importante en el desarrollo de los pueblos, pero el Estado no puede ser propiedad privada de los sectores económicamente poderosos.

“Las oligarquías tienden siempre a pensar que los dueños de las empresas o del dinero tienen que ser los dueños del Estado. Ya vimos eso una vez más en los últimos años. Otros, a su vez, piensan que el Estado debe ser el dueño de todas las empresas.

“Nosotros creemos que el Estado debe ser independiente: ni propiedad de los ricos, ni propietario único de los mecanismos de producción.

“La independencia del Estado presupone dos condiciones fundamentales.

“Por un lado, el protagonismo popular.

“¿De dónde sacaría, si no, fuerzas el Estado para mantener su independencia?. La democracia será desde el primer momento, una fuerza movilizadora. La democracia moviliza siempre, mientras que el régimen desmoviliza. El régimen se ocupa de la desmovilización de la juventud. Se ocupa, por ejemplo, de transformar las universidades en enseñaderos. La democracia atiende a la movilización de la juventud en torno de los problemas generales y de sus problemas específicos.

“Por otra parte, requiere la moralidad administrativa, la conducta de los gobernantes. Seremos más que una ideología, una ética. La lucha contra los corruptos, contra la inmoralidad y la decadencia es el reaseguro del protagonismo popular. Las dos cosas, en realidad, van juntas: no se puede luchar contra la corrupción, que está en las entrañas del régimen, sino a través del protagonismo popular, pero no se puede preservar el protagonismo popular sin sostener una política de principios, una ética que asegure su perduración. 

“¿De qué serviría el protagonismo popular, de qué serviría el sufragio, si luego los gobernantes, elegidos a través del voto, se dejaran corromper por los poderosos?.
El sufragio tiene diversos sentidos simultáneos. Por una parte, el voto implica la posibilidad de que gobierne el pueblo y de que el Estado sea independiente. Por otra parte, expresa la existencia de una regla para obtener legitimidad, ya que el pueblo no puede expresarse por sí mismo y el llamado espontaneismo nunca existe en la realidad. A través del sufragio, el pueblo tiene la forma de elegir a sus gobernantes y a sus representantes.

“No puede elegirnos a través del motín. La violencia está inhabilitada para ser la forma permanente de manifestación del cambio.

“Venimos de un movimiento que no luchó en 1890 para ser gobierno, porque eso hubiera implicado establecer el principio de que el poder, como decían los guerrilleristas de hace diez o doce años, estaba en la boca de los fusiles. Al gobierno no se lo podía elegir a través de un levantamiento, por popular que fuese. Se luchó para que hubiese elecciones libres.

“La creencia en los métodos violentos para tomar el poder y ejercerlo implica que son razonables los puntos de vista de quienes manejan mejor las armas, o de quienes están más armados. Ese concepto fue objetado ya desde 1890, y fue objetado en medio de una revolución. La violencia era el régimen, y esa violencia del régimen no debía ser reemplazada por otra de distinto signo, sino por el sufragio.

“Históricamente nos opusimos a que una pequeña minoría de la población considerada a sí misma como población combatiente, eligiera al gobierno en reemplazo del pueblo. Por eso luchamos para defender el derecho a elegir el gobierno, pero sólo para defender el derecho del pueblo a elegirlo. Esa distinción rechaza desde siempre a la filosofía de la subversión. Pero debe tenerse en cuenta que la Constitución y las leyes son subvertidas, también, por minorías armadas, que reemplazan la ley por las balas, tanto a través del guerrillerismo, como a través del golpismo. Por eso, señalamos categóricamente que combatimos el método violento de las élites, derechistas o izquierdistas.

“En un contexto internacional cada vez más interdependiente, el sufragio garantiza la inserción de la Argentina en el mundo como nación independiente, mientras que la violencia de uno u otro signo impide la inserción del país en el mundo o lo convierte en teatro de operaciones donde los actores pierden su propia iniciativa y el Estado en consecuencia, pierde su independencia, arriesgando que el gobierno emergente de esa lucha no sería ya decidido por la población sino por el acuerdo o desacuerdo en la mesa de negociaciones de las superpotencias.

“Además, la fuerza pura carece de capacidad para engendrar legitimidad, y por eso las dictaduras de derecha, aunque apoyadas por algunos capitales monopólicos, terminan aisladas también del mundo y se condenan inevitablemente al fracaso.

“El método violento de las élites de derecha o de izquierda se justifica a sí mismo con el triunfo definitivo y final, absoluto, de una ideología sobre otra y de una clase sobre otra.

“La democracia aspira a la coexistencia de las diversas clases y actores sociales, de las diversas ideologías y de diferentes concepciones de la vida. Es pluralista, lo que presupone la aceptación de un sistema que deja cierto espacio a cada uno de los factores y hace posible así la renovación de los partidos y la transformación progresiva de la sociedad.

“El voto es la vía elegida en contra de la posesión monopólica del Estado y del país por parte de los poderes económicos o financieros y también en contra de la posesión monopólica del Estado y del país por un grupo armado, cualquiera sea la excusa con que se apodere de los resortes básicos de una comunidad.

“El sufragio, por definición, constituye un limite para los sectores privilegiados y, como instrumento de las mayorías, tiende a lograr una mayor justicia distributiva.

“El sufragio hace posible la resolución pacífica de las controversias en la sociedad y, al proveer de la única legitimidad pensable al Estado, favorece la continuidad de las instituciones republicanas y de las doctrinas en que ellas se asientan.

“La Argentina pudo comprobar hasta qué punto el quebrantamiento de los derechos del pueblo a elegir sus gobernantes implicó siempre entrega de porciones de soberanía al extranjero, desocupación, miseria, inmoralidad, decadencia, improvisación, falta de libertades públicas, violencia y desorden.

“Mucha gente no sabe qué significa vivir bajo el imperio de la Constitución y la ley, pero ya todos saben qué significa vivir fuera del marco de la Constitución y la ley”.

miércoles, 1 de abril de 2009

Murió Raúl Alfonsín: todo un hombre



Por Roberto Azaretto

Se fue Alfonsín y, de alguna manera, los argentinos nos sentimos huérfanos y además nostálgicos porque la Argentina que presidió era más fuerte en lo institucional, con  menos desocupados, muchísimos menos pobres, con justicia en vez de venganzas, con gran prestigio internacional.

Qué poca cosa son la mayor parte de los líderes actuales en comparación con Alfonsín; qué poca cosa eran algunos que se encarnizaban con él fugaces estrellas mediáticas, invitados por la telecracia por sus caras, porque carecían de neuronas.

Raúl Alfonsín no se resignó a que su partido fuera el eterno segundo, tuvo utopías, sueños y trabajó para lograrlas; percibió que había que prepararse y preparar a su partido para superar la maldita década de los setenta. La década de la violencia de los que descreían en la democracia, como los guerrilleros y sus represores que se dejaron vencer por el demonio de la violencia. Que la Argentina no debía soportar más gobiernos grotescos y vergonzosos como el de Isabel Martínez de Perón, y ministros como López Rega.

Venció en 1983 porque fue el único que supo denunciar al pacto militar sindical que nos ha llevado a la pobreza actual desde hace casi setenta años, pacto antidemocrático por naturaleza al servicio de intereses personales y no de los intereses generales que manda preservar la Constitución Nacional.

Mientras unos decían somos “la rabia, somos la muerte” y se veían los fantasmas del desgobierno isabelino, Alfonsín convocó y entusiasmo a una juventud que aprendió la importancia de la urna; cuántas veces Ricardo Balbín les dijo que evitaran la tentación del fúsil porque el sufragio era un arma más poderosa para lograr cambios y que no debía derramarse sangre argentina.

Los actos públicos, las presencias en los palcos, ese grito de somos la vida, esos discursos concluyendo con el preámbulo de la Constitución Nacional que al principio pronunciaba en soledad y que, paulatinamente, acompañaban las voces del pueblo congregado en las plazas y calles de la República hasta que en los finales de la campaña centenares de miles de voces en Rosario, Santa Fe, en la avenida 9 de Julio, etc. se sumaban a la voz del candidato que venía a restablecer la democracia en este sufrido país nuestro como en un rezo laico que nos daba la esperanza de terminar con el ciclo maldito del partido militar, cogobernando muchos años con gran parte del sindicalismo argentino que se enriquecían junto a los empresarios del poder. La patria contratista, la cámara de la construcción vienen saqueando al país precisamente desde el gobierno del dictador Onganía.

No tuvo la suerte de otros, no encontró los pasillos llenos de oro del Banco Central de un país que hace 70 años era más fuerte y rico que el resto de Sudamérica juntos ni los precios internacionales para nuestros productos de los que disfrutamos y derrochamos estos últimos seis años. Por el contrario, soportó las tasas de interés internacionales más altas del siglo pasado y los precios más bajos para las exportaciones argentinas desde la década del treinta.

Un sindicalismo aferrado a privilegios y canonjías le hizo catorce paros generales. Soportó sublevaciones militares y campañas de los añorantes del pasado.

Se lo comprendió y respetó en el exterior al punto que fue el único ex presidente que estuvo reiteradamente visitado e invitado por estadistas, académicos, universidades, intelectuales.

Alfonsín tuvo el coraje para juzgar a las ex juntas militares, cosa que no iba a suceder si ganaba Lúder, pues ya habían acordado con la última cúpula del gobierno de facto respetar la auto amnistía que se había decretado el gobierno militar. Hubo investigaciones serias y justicia; no venganzas. Soportó también el último asalto guerrillero en 1989 con el ataque sanguinario a la Tablada.

Logró la paz definitiva con Chile, intentó la modernización de la economía argentina, aunque no le ayudó la oposición.

En una visita del estadista español Adolfo Suárez, quien promovió la transición española, le dijo: “Usted carece de las ventajas que yo tuve, no tiene cuidándole sus espaldas a Juan Carlos (por el rey de España) y no tiene un opositor como Felipe González”

Se va un político que caminaba el país conociendo su geografía y su gente, un político de los de antes, con ideales, con algo de romanticismo que pasó privaciones con su familia porque la política era lo primero. ¿Qué diría Alfonsín frente a los mercenarios que preguntan cuánto hay antes de decidir si acompañan a un candidato?

Se fue un hombre decente, algo que no pueden decir los que lo sucedieron. 
Militó hasta el final promoviendo la paz, la unión nacional y la concordia entre los argentinos.

Permitan un recuerdo personal. El que escribe lo trató cuando fue Presidente en diálogos políticos, en ocasión de los intentos golpistas, que fueron más de los que trascendieron. Luego lo invité, como ministro de Gobierno de la intervención federal encabezada por Pablo Lanusse a la entrega del poder a su ex correligionario el gobernador Gerardo Zamora. No me olvido que a los nuevos gobernantes santiagueños, provenientes de la UCR, les molestó la presencia de Don Raúl y no querían que apareciera en el palco. Pero me ocupé que ocupara el lugar que les correspondía como ex presidente de los argentinos. Se fue con gusto amargo. Lo sé porque lo recibí en el aeropuerto y lo despedí. 

Tal vez fue una señal que no venía la democracia a Santiago del Estero, que tampoco había llegado en el 2003, y que no tendríamos justicia independiente ni libertad de prensa, sino un continuismo light del régimen que se fue en el 2004 y que convirtió a esta provincia en la más pobre del país; situación de la que no ha salido.

No viene al caso ocuparse de errores ni equivocaciones, porque en el balance final cuentan los aciertos que fueron más.

El que escribe nunca lo votó, pero no puede evitar una lágrima ante su viaje a la eternidad y los grandes misterios que inquietan a los hombres desde los inicios de las civilizaciones. Se va de este mundo este hombre de las llanuras bonaerenses,  pues al igual que Yrigoyen y Balbín, era un genuino exponente de esa pampa que define a una gran parte del país. Era un hombre derecho, como la mayoría de sus paisanos, se va el patriarca del radicalismo, se va el patriarca de la democracia argentina, se va el hombre que fomentó la unión nacional. Se va un hombre, se va un señor. 

Tal vez su muerte, en estas circunstancias por las que pasa nuestro maltratado país, sea su último servicio a la paz y las instituciones argentinas.

“Una de las mayores figuras humanas que conocí”



Por José Sarney, ex presidente de Brasil entre los años 1986 y 1990. 

Todo lo que hicimos para invertir el proceso histórico de hostilidad entre Brasil y la Argentina, transformándolo en un proceso de integración, no habría sido posible sin Alfonsín. El tenía la visión continental, la firmeza de convicción y la grandeza de convicción necesarias para dar los pasos decisivos.

Él había asumido la presidencia de la Argentina poco antes de que el destino me colocara en la presidencia de Brasil. Pero desde nuestro primer encuentro, en Iguazú, transformamos nuestra relación de Jefes de Estado en una relación entre dos amigos; relación que se extendió a nuestras familias. Gran conversador, hombre de extraordinaria cultura,  era una persona simple y de un trato diario muy ameno, lo que inmediatamente nos cautivaba.

Tenía un coraje inmenso. En Itaipú, cuando los militares argentinos habían convertido esa obra en un punto de conflicto, él no vaciló en tomar la iniciativa de visitarla y, con ese gesto tan simple, desmontó toda la discusión sobre los presuntos daños que la planta hidroeléctrica podría causar a la Argentina. Más tarde, me llevó a Pilcaniyeu, la usina nuclear argentina donde me acompañaron nuestros equipos de científicos. Y entonces lo invité a Aramar, en Brasil, donde habíamos desarrollado el proceso de enriquecimiento de uranio. Allí también le abrimos las puertas a los científicos argentinos.

Alfonsín es un ejemplo de modelo ético, que con sus virtudes, firmeza y autoridad moral, consolidó las instituciones. Será siempre el ejemplo de político honrado con ideas de vanguardia.

En forma conjunta, al lado del ex presidente uruguayo Julio Sanguinetti, luchamos para restablecer la democracia en toda América do Sul, tal como ocurrió, y la idea generosa de integración que iniciamos y que es irreversible. No dudo que los desvíos de nuestro proyecto serán superados y nuestros hijos verán una América del Sur integrada política, física, económica y culturalmente. Y Raúl Alfonsín será recordado como el hombre que hizo posible ese sueño.

Tuve la felicidad de tener con él una profunda y duradera amistad. Es uno de los orgullos de mi vida. Y lo recordaré siempre, con los ojos húmedos y el corazón apretado, pero sabiendo que su figura supera al tiempo en que vivió.

Alfonsín



Por Pepe Eliaschev
 
Las necrológicas dan por cierto que alguien murió. Yo no sé hoy si éste es el caso. En rigor de verdad, todo lo que digo lo podría decir ahora como lo podría haber dicho antes, como lo podría decir mañana.

Él me hizo volver. Cuando ganó, me di cuenta de que mi exilio había terminado. Me di cuenta de que si hubieran ganado los otros, los peronistas, hubiera habido auto amnistía de los militares. No hubiera habido juntas militares juzgadas. Por eso, cuando ganó, asumió el poder y lo primero que hizo fue juzgar a las juntas, me di cuenta de que la larga década del exilio llegaba a su fin.

Y cuando ya estuvimos acá, me sacó a la calle. Raúl Alfonsín convocó a la gente a la Plaza de Mayo cuando a la República la acechaba un golpe militar de ultra derecha, un golpe militar que cosechaba solidaridades imprevisibles. Afortunadamente, el país democrático, incluyendo muchos notables justicialistas, se agrupó en el balcón de la Casa Rosada para detener la asonada golpista.

Es el hombre que me costó entender, como a tantos coetáneos. Lo hablé entonces, y lo hablé luego muchísimas veces, cara a cara y a solas con él, mirándolo a los ojos, así como él siempre me ha sostenido la mirada. “¿Por qué lo hizo?”, le preguntaba. Jamás me hubiera sido posible tutearlo. Siempre le he dicho “Doctor”. Porque es un doctor. Siempre le he dicho “Doctor Alfonsín”.
 
Estaba convencido, y siguió convencido hasta último momento, que era indispensable evitar el derramamiento de sangre. Él sabía, y él lo supo en Campo de Mayo, que si algún tipo de gesto la democracia no producía, lo que se había conquistado, lo que se había recuperado, se desintegraría.

Me costó también entenderlo cuando pactó. ¿Por qué lo hizo? Muchos se lo preguntamos. Con una paciencia infinita, Alfonsín lo explicó una y otra vez, y encima lo dejó por escrito en un libro formidable e imprescindible para los jóvenes, que se llama “Memoria política”. Estaba convencido de que era la única manera de encuadrar a un hombre cuyo apetito de poder era voraz, Carlos Menem.

Pero Alfonsín también es el hombre que transgredió. Transgredió mucho más de lo que muchos imaginan, en un momento en donde nadie transgredía nada. Por eso fue combatido por izquierda y por derecha. Por eso desde la izquierda lo corrían con el Fondo Monetario Internacional, y hubo un grupo de alucinados demenciales, finalmente homicidas, que fue por un cuartel, dejando un saldo de 40 muertos.

Pero la derecha lo odiaba. La Sociedad Rural le dio vuelta la cara en Palermo. La Iglesia Católica Apostólica Romana, aún cuando había gente de probada convicción católica en el gobierno de Alfonsín, le hizo la vida imposible con la ley de divorcio, que hoy es prácticamente una antigualla. 

Le cantó las cuarenta en la cara a Ronald Reagan en los jardines de la Casa Blanca, por eso fue recelado. Porque la política exterior de Alfonsín propugnaba la paz en Centroamérica. Estaba en contra del intento subversivo contra la Nicaragua sandinista. La Argentina fue un país clave en el Grupo Contadora.

Es el hombre que se ha jugado por el sistema, siempre. Tuvo muy en claro que lo único que no era negociable era la democracia y la separación de poderes. Por eso, cuando en el ’89 el peronismo vociferaba “Cuando usted disponga, ahí llegamos”, prefirió irse antes, y evitar que estallara el país. Pidió diálogo en todo momento, y a menudo no lo consiguió, sobre todo en los últimos años. 

Hace mucho tiempo que Raúl Alfonsín es un indispensable. Un hombre que por méritos propios, por tenacidad, por patriotismo y por nobleza personal, tenía y tiene la talla de un estadista. Él pensó, y sabía, que la Argentina tenía que salir de la Capital Federal en algún momento. Por eso habló de Viedma. Lo calificaron de loco, de alucinado, de psicópata: “¿Trasladar la Capital?”. No se equivocaba: hoy, como ayer, como mañana, seguirá siendo estratégico. Por eso hizo un Congreso Pedagógico, porque consideraba que era indispensable debatir a fondo, qué educación queremos para los chicos. 

Y sobre todo, es el hombre que, a 72 horas de haber asumido la presidencia de la Nación, con las Fuerzas Armadas intactas, con los servicios de inteligencia de las juntas intactos, con la entera estructura del genocidio en su lugar, firmó el decreto de enjuiciamiento a las juntas militares y también a las cúpulas de las organizaciones guerrilleras. Todos ellos tuvieron la posibilidad de defenderse. La Justicia, con enorme rapidez, pese a que apenas hacía horas habíamos salido de la dictadura, terminó con el paradigmático Nunca Más, un ejemplo para el mundo, un caso sin precedentes. 
No descolgó cuadros del Colegio Militar, no vociferó contra gente impotente, no cazó leones en el zoológico. Por eso, así lo trataron los carapintadas.

Éste es el Alfonsín que yo recuerdo. 

El que siempre recordaré. 

Un hombre de una infinita bondad. 

Un hombre que me hizo volver, a mí, y a mis seres queridos.

El hombre que fundó la democracia argentina. 

El hombre al que no quisieron escuchar los actuales gobernantes, cada vez que les pidió que se bajaran de la soberbia y que aprendieran a dialogar.

Con Alfonsín o sin Alfonsín, aunque estará siempre con nosotros, ojalá que los que ahora tienen poder aprendan la lección y se bajen del caballo. 

Y aprendan que un estadista es un hombre que hizo, que dijo y que dejó, lo que hizo, dijo y dejó Raúl Alfonsín.