domingo, 31 de mayo de 2009

El fracaso de una obra de teatro



Por el ingeniero industrial Carlos David
 
Creo que, políticamente, estamos viendo una obra de teatro donde los mismos actores se intercambian ropaje, géneros y papeles, hasta que el público, en la confusión total, termina por hastiarse y retirarse.

Estoy seguro que el paulatino e inevitable alejamiento y hartazgo de la sociedad de la política y de los políticos, sucede al ver esta obra como la entelequia de reducidos grupos de politicastros que, aprovechando o torciendo la ley, buscan afanosa o maquiavélicamente utilizarla como botín para sus pequeños grupos e intereses; lejos del concepto tradicional de la política como el núcleo de conocimientos para resolver las legítimas demandas y aspiraciones de los ciudadanos.

Ante ello, me pregunto, ¿por qué los políticos no formulan estrategias de largo aliento, capaces de terminar con los maniqueísmos ideológicos, las crisis partidarias y las insuficiencias teóricas?

¿Por qué no comprenden de una buena vez que nuestro país es mucho más que los grupitos de izquierda y de derecha, que lo asfixian, que las mentiras e insultos mediáticos de los actores de moda, denigran a toda la ciudadanía.?

Hoy, la sociedad demanda una nueva obra política con actores políticos que sean capaces de impulsar la infraestructura económica básica de la sociedad: (agua, luz, comunicaciones y servicios urbanos), lo que posibilitaría el desarrollo de los sectores, sub sectores y ramas de la actividad económica, mejorando substancialmente los servicios sociales básicos: Educación, Salud, Cultura y Recreación, de manera equilibrada.

Que ejecuten una reforma educativa, científica y tecnológica que nos posibilite transitar hacia un arreglo soberano eficaz y permanente. Lejos de avanzar en ello, no han hecho otra cosa más que meternos y enfrascarnos en obras de teatro polémicas tituladas como  "Reforma del Estado", "Reforma Fiscal", "Energética", etc., que son reuniones eternas de esgrima verbal que a nada conducen y, como si esto fuera poco y al mismo precio, se agrega otra obra titulada, y lógicamente, con el mismo elenco, la crisis de los partidos políticos.

Todo, provocada porque la ciudadanía exige democracia interna y no la poseen. Porque sus direcciones, cuadros fundadores o de mayor edad, los consideran sus patrimonios. Porque sus programas, estatutos y principios no tienen congruencia con su práctica diaria. Porque ejercen el monopolio del poder, a despecho y excluyendo a los ciudadanos y a la sociedad civil. Porque se han convertido en cazadores y/o ponedores de candidatos que les aseguren triunfos, sin importarles convicciones o proyectos. Porque ingresaron de pronto a la mercadotecnia efectista y a la publicidad mediática, hasta el grado de sustituir a ésta por los órganos y organismos estatales, derivados del perfeccionamiento de la Ley Electoral. Porque lejos de buscar consensos reales y legales, lo han hecho en lo oscuro y al margen de la ley. Porque impiden que  los nuevos actores políticos irrumpan en los escenarios locales y nacionales.

Es increíble que los autores, productores y directores se olviden de lo fundamental, del público; del elector, que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros. También es inconcebible que los autores se olviden que las convicciones políticas son como la virginidad: una vez perdidas, no vuelven a recobrarse. Por todo lo expresado, estoy totalmente seguro que vale por hoy y por siempre,  recordar a quienes van a sufragar y luego presenciar y vivir la obra de teatro titulada La política y los políticos, esa máxima que dice: Como la dicha de un pueblo depende de ser bien gobernado, la elección de sus gobernantes pide una reflexión profunda.

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