lunes, 13 de abril de 2009

Un hombre demasiado común



Por Eduardo José Maidana

Alfonsín fue desprestigiado por ser un hombre demasiado común parar héroe en una gesta épica inexistente, como siempre lo es la democracia,  y a su muerte acudido por honras inesperadas y cuantiosas, precisamente por haber sido un hombre común, en momentos crispados por iluminados ungidos por sí mismos actores que mandan bravas cargas de caballería de a pie, contra un enemigo nuevo cada día. 

Quiero decir que don Raúl campechano anduvo entre la gente aunque hablara desde el balcón del Cabildo, y fue sentido y oído como un igual diciendo sobre ideales que por grandes, seducían, y entre un pueblo que los amaba como a él, pero ni los votaba ni los vivía. La democracia en estas tierras son cuentos de hadas: fascinan el costado noble que nos ayuda a conciliar el sueño, pero huyen con la noche, y a la luz del día nuestro lado oscuro nos retorna a lo que somos: incapaces de sobrellevar la normalidad de una gestión y convivencia que, ética y culturalmente, tenga algo de civilizado.

Cuando los ingleses advirtieron que la Carta Magna no era un paso delante de la democracia sino un paso atrás del despotismo, empezaron a caminar hacia la democracia. Que nosotros salgamos de un autócrata que se sueña Mesías de derecha, para caer en manos de otro hegemónico de izquierda que se sueña jefe mandón del anarquismo, ambos por encima y por fuera de la Carta Magna, documenta porque a don Raúl Alfonsín le echaron encima miles de flores y atronaron aplausos: fue uno de los pocos que apartando como pudo, y a veces a medias, pujos de autócrata y sordas tentaciones hegemónicas, obligó al visceral despotismo nativo a dar un paso atrás.

Es cierto que Alfonsín debió sentirse un revolucionario, ¿qué político argentino no delira con la revolución que cree que se debe y, lo peor, que nos debe a los demás? 

Es que una de nuestras dos culturas en conflicto, viene de Francia, pero, nos aclara Chesterton, el francés podrá pensarse revolucionario, pero nunca anarquista. De ahí que jamás arrumba a la justicia, aunque no pocas veces la haya convertido en Terror. Y, aquí, malos copistas y peores imitadores, hacemos de la anarquía un mamarracho seudo revolucionario perpetuo y del terror una criminal y habitual  imitación de la justicia con visos legales.

Recordado por el juicio a los militares políticamente responsables de la implosión de la  arquitectura  jurídica interna, sin la cual los ejércitos no son instituciones; y por el divorcio vincular, pero, al afirmar el liberal-socialismo y el marxismo que la ley se dirigió contra de la Iglesia,  reconocen que no respondió a una política de Estado sobre la población descalificando así al estadista, lo que es peor, cerrando la vía para que esa política sea planteada como una imprescindible herramienta de planeamiento humano que legitime la tenencia y uso del espacio territorial. 

Tal cual Francia en (1789/1792) que debió inventar el “casamiento revolucionario” al pie de un árbol, y Rusia (1917/1930) cuando, también, tras la abolición del matrimonio,  la baja tasa de natalidad les avisó a ambas de una veloz despoblación e hizo del divorcio de tan difícil,  poco menos que una traición al proletariado. En esa línea se acomoda la ciencia que hoy busca evitar sustituir en el laboratorio la unión del hombre y la mujer en nombre del progresismo. ¿Qué engendros alucinarán los nacidos sin madre y sin padre?

Creo porque por obvias afinidades ni el liberal-socialismo radical o no, ni el marxismo duro o rebajado, con sobradas razones el peronismo, quisieron recordar que el voto de Elías Sapag, de Neuquén (el 15 de marzo de 1984), impidió que el Senado reiniciara para el país la era de la libertad sindical, desaparecida a manos del primer peronismo y ahora, por vía de la Suprema Corte, en un posible renuevo. Que la derecha y la izquierda se unan codo a codo en  defensa del monopolio que condena la OIT,  le dan la razón a Ortega y Gasset para quien entrar en uno de esos dos casilleros, es una forma de caer en la tontería.

Quizás a la falta de esa libertad nos acostumbró al cerril oligopolio del mercado gremial, no reparando en sus  efectos deletéreos en una democracia puramente electiva dentro de una sociedad sujeta, de ese modo, a una coacción corporativa de hecho; a la formación de fortunas en una numerosa clase dirigente eternizada; al impacto en el servicio de salud y educación. Hoy se habla de “la sindicalización de la vida”.

Ese intento filiado como “ley Mucci”, apuntaba a una reestructuración social similar al cambio que se está operando en las fuerzas armadas. Y así como nadie imagina hoy un golpe de estado castrense, tampoco hubiese creído que, luego de trece paros generales, un golpe de estado sindical forzó a Alfonsín a entregar seis meses antes el gobierno  acosado por asaltos a supermercados y demás que, cesaron al día siguiente del anuncio de que se iba. Ni a destronar a De la Rúa con la barra de Chacarita y la policía.     

Las instituciones siempre han crecido como las plantas: desde abajo. En el territorio en el que las creencias echan raíces y la mentalidad colectiva halla su alimento. Pues bien, desde abajo brota un sistema que exorciza la libertad, la alternancia dirigente, elecciones con igualdad de oportunidades, transparencia administrativa de fondos, entramados no-mafiosos, en síntesis, todo cuanto, tanto hace a la democracia, que sin esos requisitos el sistema se reduce al amañamiento tramposo y descarado de jugar con un solo arco: el del adversario, al que se ataca y maldice desde el poder  como enemigo a destruir.

El voto de Sapag privó a este hombre que de tan común en un mundo normal prueba con su excepcionalidad que vivimos en la anormalidad, la posibilidad de iniciar un cambio, sin duda que trabajoso y lento, en la misma base social. Sin “Nos los representantes” no hay república y democracia. Y, en ocasiones, la mejor prueba es que con un solo de ellos, nada más que con uno solo, amanecen esperanzas y dan ganas de salir a la calle a despedir con aplausos y llantos al hombre común que fue don Raúl Alfonsín, llorando y aplaudiendo en sus exequias lo que nos falta hasta no tener nada.

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