martes, 15 de febrero de 2011

Sarmiento: 200 años de su nacimiento

Por Ernesto Sanz, senador nacional por la UCR de Mendoza.

El pasado es uno de los campos en los que la Argentina dirime agudas batallas consigo misma. A 200 años del nacimiento de Sarmiento, me aparto de ese uso del pasado como un campo de batalla del presente -legítimo, aunque agobiado por el abuso- y elijo mirar la historia con optimismo: ¿qué hubo de bueno que podamos rescatar para hoy?
Quiero recordar cuatro momentos sarmientinos de los que podemos aprender mucho. El primero es la relevancia que Sarmiento otorgaba al desarrollo económico. En el Facundo, detalla con impotencia el estado de postración de las economías de las provincias interiores, asoladas por los conflictos civiles. Decía que el federalismo exigía un previo equilibrio regional en el que cada provincia fuera capaz de producir lo suficiente para sí misma y para el tesoro común. Como presidente, sus obras fueron contundentes: el primer gran ferrocarril del interior, Rosario-Córdoba, y la fundación del Banco Nacional, precursor del Banco de la Nación. Infraestructura y crédito fueron dos de las palancas con las que buscó activar las economías del interior. Lo siguen siendo hoy; sin ese desarrollo seguiremos con la cabeza hinchada y el cuerpo débil, perdiendo el equilibrio.
Otro logro de Sarmiento fue el Primer Censo Nacional en 1869. La abundancia de las estadísticas en ese registro conmueve. No sólo se entera uno en esas páginas de que el país tenía 1.800.000 habitantes, sino que, además, encuentra un cuadro detallado del país, desde lo preocupante (un millón de adultos no sabían leer) hasta lo pintoresco (había en Buenos Aires 4400 mozos de café, 3258 albañiles y dos cuchilleros). ¿Qué diría él de la burla de un gobierno que falsifica índices?
Sarmiento tuvo tal aprecio por la educación como columna del progreso que, como gobernador de San Juan, había contribuido a que en aquel censo su provincia figurara como la única del país con más de la mitad de sus niños de edad escolar recibiendo instrucción. Su obsesión educativa fue providencial: logró que la oportunidad que brindaban a la Argentina los mercados internacionales -comparable a la de hoy- se convirtiera no en una bonanza fugaz, sino en el cimiento de ese país de movilidad social que durante varias generaciones supimos ser.
Rescato también de Sarmiento su admiración por las ciudades que empezaban a germinar. Antes de asumir la presidencia decía que su programa de gobierno era que florecieran "cien Chivilcoy". Esa comunidad a la que acababa de llegarle el ferrocarril sumaba a su riqueza natural y el esfuerzo de su gente el rol facilitador del Estado. He ahí otro mensaje directo a estos días en los que exportar trigo es una odisea: el Estado no tiene que quedarse al margen de lo productivo, pero cuando se involucra, debe ser para facilitar la generación de riqueza, no para asfixiarla.
Sarmiento cumpliría 200 años. Gloria y loor, como decíamos en la escuela, a estas ideas del único cuyano -hasta el momento- elegido presidente de la Nación. Ojalá que su país le regale para su bicentenario algo parecido a esos sueños, que muchos compartimos, de equidad, honestidad, educación y progreso.

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